jueves, 4 de octubre de 2007

Cuento: El armonista de Cranberrié

Hoy les contaré una historia, es algo completamente inventado por mí, ojalá cause algo (lo prometido es deuda: tema light).


El armonista de Cranberrié
El niño siempre se sentaba a orillas del río a mirar. Era un extraño paisaje, un río con mucho flujo que pasaba entre pequeños montones de tierra bañados de vida. No había ninguna roca, ni maleza...
Tiene que haber sido primavera, porque el sol brillaba con todo su esplendor, y sin furia. Porque las flores se mostraban grandes y preparadas para ver llegar a las abejas y los picaflores. Porque todo era amor. Porque él estaba enamorado.
En Cranberrié todas las cosas eran extremas: el verano quemaba la piel de cualquiera, hacía que los animales felpudos tuvieran la necesidad de desnudarse de su pelaje y generaba la crecida del río, el otoño obligaba a deshojar a cualquier árbol de los alrededores, lentamente hacía que la gente volviera a su hogar, el invierno traía consigo vientos, nieve y frío. Por lo mismo la gente sentía todo con más fuerza: las penas se sufrían en soledad, las alegrías se festejaban durante días, los dolores se trataban con muchas medicinas y el amor... el amor era la peor de todas las enfermedades.
El niño siempre se sentaba a orillas del río a mirar. El armonista siempre se sentaba a orillas del río, pero ahora miraba a algo diferente, ya no era el paisaje, ni los peces del río, ni su armónica. Se había enfermado. El amor, el peor de todos los virus, como decía su padre, porque después que te contagias no quieres sanar.
Su padre tenía razón, él no quería dejar de sentir eso, la chica era hermosa, y a pesar de nunca haber hablado con ella ya creía amarla. Su castaña cabellera, sus ojos de miel, su piel blanca y virgen. Pero él no se había atrevido a hablarle, no... era demasiado para él.
El niño había recibido la armónica como un regalo de su fallecido abuelo, era dorada y, aunque le había costado mucho aprender a tocarla, con el tiempo había logrado tocar melodías maravillosas que tocaba en el mismo lugar en el que estaba ahora. Muchas veces sus amigos, o incluso desconocidos, se sentaban cerca para escuchar su música. Sin embargo, ella solo una vez estuvo ahi, cuando aún no era primavera.
Hoy se había atrevido a dejarle una carta en la alfombra frente a la puerta de su casa que, al igual que ella, también era hermosa. En la carta, con una letra un poco nerviosa, la invitaba a escuchar como tocaba la armónica. Le había dado una hora exacta, la que había pasado hace ya media hora.
¿Podía alguien amar a una persona muerta? A lo mejor él era el primero.
Mientras tocaba una lenta y melodiosa canción, sus lágrimas brotaban de sus ojos.
Aún no podía asumir la realidad, la muerte. Ver morir a alguien era algo fuerte, más aún si era alguien que conocías, peor alguien que amabas y para más desgracia en Cranberrié.
Solo ayer había sido la última vez que la había visto, y hoy esperaba hablarle. Pero ya no, eso ya no. No estaba, ya no era.
Muerte. El puente que cruzaba el río se había roto, lo fatal: el golpe en la cabeza. Pero no quería pensar en la parte física, odiaba lo real.
Las lágrimas volvían, dejaba de pensar en la realidad. La melodía ahora era melancólica, triste, abrumadora.
La muerte...
La armónica se dejó caer en la orilla del río de Cranberrié, el niño entró al río con el arma cargada, la misma que iba a usar para hacer que su amor fuera inmortal, la misma que iba a usar para grabar el momento en su memoria, y en la memoria de su amada.
El sonido fue rápido y fuerte.
La armónica guardó las lágrimas de vida y el río la sangre de muerte. El río aún fluye en Cranberrié.